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jueves, 22 de octubre de 2009
Mercados de paz para los más necesitados
Solo hay dos árboles para esconderse del sol y que la espera no sea insoportable. Entonces, sobre la sombra que se forma en la grama, cada uno aguarda con un ficho en la mano.
El lugar es un costado de la Plaza Minorista. Desde hace un poco más de 13 años, allí, frente a la cancha donde un grupo de jóvenes disputa un intenso partido de micro, se reparten mercados gratuitos para familias necesitadas, que los comerciantes de la plaza donan como parte de un pacto de paz que acabó con un conflicto interno, repito, hace unos 13 años.
Es así, una consecuencia de la guerra, de la necesidad de enjuagar la conciencia después de años de disputas inútiles. Cada ocho días, unos 800 locales de los 3.500 que existen en la plaza, entregan parte de los mercados: papas, zanahorias, remolacha, cebollas, mandarinas, naranjas, yuca, aguacate, melones, zapallos, pedazos de hueso, pescado seco y, en Navidad, carne de marrano.
Entonces, temprano, antes del amanecer, de distintas partes de la ciudad llegan hombres y mujeres, costal en mano, a reclamar su parte, lo que sea, lo que quepa en la bolsa.
Una de ellas, Deisy Arrieta, llegó caminando desde Robledo Aures. Lo hace porque solo tiene un pasaje y se lo tiene que gastar en el de subida, ya con el costal lleno. Con ese regalo le puede dar de comer a sus tres hijos.
Ella no es de aquí, es de Magangué, Bolívar, y tenía un marido que respondía por ella y por las niñas, hasta que se lo mataron en un municipio del Valle, ella no recuerda cuál, solo que queda muy cerca de Cali. Se lo mataron los paramilitares, eso sí lo sabe con certeza.
"Yo vengo cada ocho días para tener algo con qué darles de comer a mis hijos, porque después de la muerte de mi esposo, no encuentro trabajo con facilidad", dijo mientras intentaba sonreír.
Brigadas La primera ración de la espera son bananos. Es la primera parte del mercado, que se entrega antes del mediodía para refrescarse un poco del calor. Cada uno toma su par y se va por ahí, a pelar su tristeza.
La espera se debe en gran parte a la recolección y clasificación de los productos que se van a donar. Ayer, por ejemplo, las papas se llevaron gran parte del tiempo: pelarlas, sacarles los puntos negros...
Pero no es solo pelar papas, es también la tarea de recoger tres toneladas de comida. De esto se encargan los voluntarios, algunos desplazados, otros muchachos que hace rato dejaron el conflicto para dedicarse a la paz. El coordinador de todo esto es Saúl.
"Lo que queremos acá es ayudar a aquellas personas que más lo necesitan. Nosotros, antes de cualquier cosa, hacemos una serie de revisiones para saber si la persona necesita o no el mercado. La mayoría de ellos, son desplazados", dijo Saúl.
Desplazados, guerra, pactos de paz. Todo viene de la misma parte, como si la solidaridad y el hambre tuvieran un mismo origen desgraciado, pero que al final se complementan. Una cosa lleva a la otra. Hacia el mediodía, se inicia la procesión. Una fila, costales listos y bienvenido lo que sea: papaya, cebolla larga, mandarinas, pedazos de pescado y la sorpresa del día, yuca.
Algunas veces se puede repetir, pero en los últimos años las donaciones han reducido casi a la mitad. Saúl, que mira todo el proceso con atención, cree tener la respuesta para eso.
-Los campesinos que antes cultivaban el alimento, ahora, desafortunadamente, lo tienen que venir a pedir.Every week for the past 13 years the scene has been similar, people line up to wait for food donated by merchants of the Plaza Minorista in Medellin, most of them have been displaced by violence. Men and women start to arrive before sunrise hoping to fill their sacks with whatever they can. Saul, who coordinates the donations says "what we want here is to help the people who need it the most. Before anything, we have to run a series of checks to see if the person really needs the groceries".
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