Página agregada o modificada: miércoles, 23 de febrero de 2005
ESPERANZA

Grande es el error de los que creen que aquellos que la muerte se lleva, nos dejan para siempre, no, no nos dejan. Siempre junto a nosotros permanecen. ¿Están acaso en el cementerio?
- ¿En el cementerio?.¡No por favor!, no en una fosa, no en un sepulcro.
¿- ¿Y dónde están entonces? ¿En la sombra?
- ¡Oh!, no. No ellos. Somos nosotros los que estábamos en la sombra. Ellos en cambio disfrutan de la luz. Ellos no se van ni se alejan. Están al lado nuestro como tras de un velo, más presentes que nunca, sólo que nosotros no los vemos porque nuestros ojos humanos no perciben la dimensión celestial. Pero ellos si nos ven, ellos tienen sus ojos llenos de Gloria, volcados sobre los nuestros anegados de lágrimas. ¡Grande inefable consuelo!. Los muertos no son seres ausentes sino simplemente seres invisibles siempre presentes. Y yo he pensado muchas veces cuál será el remedio para los que lloran, y lo he encontrado: Es la fe en la presencia real e interrumpida de nuestros queridos muertos; es la intuición clara, penetrante y firme de que la muerte no los ha extinguido, ni se han ausentado, ni se han alejado de nosotros; por el contrario, viven, y viven muy cerca, casi al alcance de tus manos. ¿Transfigurados?-¡Sí!, mas ahí y aquí, a tu lado. Ahora son felices y no han perdido en su gloriosa mudanza, ni la delicadeza del alma, ni la ternura del corazón, ni la dulzura del amor. Es ahora cuando más nos aman y cuando más quisieran que nosotros también estuviéramos felices.
Enjuga pues tus lágrimas y levanta el rostro. El llanto no es una demostración de amor sino una muestra del desconocimiento de lo ha sucedido con tu ser querido en el acto más natural y frecuente de la vida, la muerte