| miércoles, 23 de mayo de 2012 |
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Página agregada o modificada: martes, 19 de abril de 2005
Todos hemos conocido probablemente momentos en que nos hemos sentido provocados hasta el punto de ruptura. ¿Cómo hacer a nuestros sentimientos de agresividad en situaciones como ésas?
A pesar de la impresión que proporcionan los medios de comunicación social, los seres humanos constituyen en conjunto una especie completamente pacífica. Nuestra manera de abordar esos sentimientos de ira y de agresión estriba en amenazar más que en atacar. ¡Preferimos amargar y no dar!
Al margen de las amenazas verbales obvias, ¿ha reflexionado usted acerca de los numerosos gestos silenciosos que utilizamos a modo de advertencia a los demás? Tales gestos son frecuentemente más expresivos que cualquier palabra. Agitamos nuestros puños y alzamos nuestros brazos, por ejemplo, como si estuviéramos a punto de golpear. Un dedo tendido horizontalmente junto al cuello no necesita explicación. ¿Pero ha pensado usted cuán agresivo es el señalar simplemente con un dedo? Los expertos dicen que este gesto simboliza la acción de un cuchillo o de un palo.
Aunque pueda parecer contradictorio, alguien que aparentemente le está amenazando puede estar revelando en realidad el temor que ante usted experimenta. La forma de determinar sus auténticos sentimientos estriba en la observación de su rostro. Todo el que amenaza experimenta dos sensaciones en conflicto: el deseo de atacar y el temor a la represalia, y ambos se reflejan en su cara. Si fundamentalmente se siente hostil, su rostro empalidecerá, su cabeza se proyectará hacia delante y sus labios aparecerán apretados. Si el sentimiento dominante es el de temor, enrojecerá, sus ojos permanecerán fijos y su boca se abrirá.
¿Qué es lo que, sin embargo, sucede cuando son inútiles hasta los gestos silenciosos? Si su jefe le provoca, es improbable que reaccione amenazándole. Posiblemente tendrá que aguardar a descargar su ira sobre algún individuo más inofensivo. Este a su vez hará otro tanto, pero la infortunada persona del final de la cadena puede que no tenga otro remedio que no sea el de arrojar un vaso o un plato contra la pared. |
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